
Discurso del ex presidente de la República, Lic. Alfredo Cristiani, en el marco de la conmemoración de los acuerdos de paz alcanzados el 16 de enero de 1992.
Hoy se cumplen dos décadas desde la firma de los acuerdos de paz que pusieron fin a uno de los más difíciles episodios de nuestra historia. La guerra, aunque algunos se empeñen en argumentar que es a veces inevitable, nunca es, ni será motivo de orgullo.
El prolongado ruido de los cañones y los lamentos de tantas víctimas, le dieron triste notoriedad a nuestra patria. Pero fue la firma de los acuerdos de paz, un acto tan breve, sobrio y silencioso, el que nos colocó ante el mundo, con la hermosa connotación positiva de ser artesanos de la paz, como dijo el Santo Padre.
Los acuerdos de paz, además de poner fin a más de una docena de años de lucha sangrienta entre salvadoreños, supusieron la más profunda reforma política e institucional desde la declaración de La Independencia y el consecuente surgimiento de la República.
A partir de aquella fecha los salvadoreños comenzamos a aprender, en un proceso a veces lento y tortuoso, luego de decenas de años de desencuentros, a dirimir nuestras diferencias por las pacíficas formas que nos da la democracia.
Los acuerdos no implicaron la claudicación ideológica de los bandos enfrentados, como tan notorio es veinte años después. Lo que supuso fue la renuncia a la violencia como forma de hacer prevalecer o imponer determinadas convicciones políticas e ideológicas.
Los acuerdos cambiaron la idea de vencer por la de convencer, la idea de combatir con fiereza por la de debatir con civilidad. No habiendo pues, ni vencedores ni vencidos, la nueva andadura democrática que iniciamos el 16 de enero de 1992, fue sobre la base de un gran consenso nacional privilegiando el bien común sobre las particulares visiones de cada bando, de cada grupo y de cada uno.
Por un momento en la historia y en este espacio geográfico, las partes que se habían entregado con pasión al la búsqueda del aniquilamiento del uno por el otro; para asombro del mundo entero, fueron capaces de reunirse, dialogar, negociar, lo que implica renuncias y concesiones de cada parte, para lograr acuerdos en beneficio de todos.
Esa es la gloria y la grandeza del evento que ocurrió en la fecha que hoy conmemoramos y celebramos. Ese es el legado histórico de los hombres y mujeres que hicieron posible la paz.
A aquellos, que ante la magnitud de los problemas que ahora enfrentamos, se preguntan si valió la pena el proceso que nos condujo a los acuerdos de paz, les respondemos con Benjamin Franklin que nunca ha habido una buena guerra ni una mala paz.
Tras los acuerdos se ha producido el más largo período de estabilidad política y social de nuestra historia. Se han realizado cuatro elecciones presidenciales y cinco elecciones para alcaldes y diputados en completa normalidad.
Ocurrió, asimismo, la alternancia en el poder ejecutivo en completa normalidad. Es así como debe ocurrir en la democracia y como debe seguir ocurriendo para garantizar la voluntad irrestricta del pueblo a través del voto.
Salvo hechos aislados la ciudadanía en general ha privilegiado las formas pacíficas para expresar sus protestas y reclamos a las autoridades.
Atrás pues han quedado los golpes de estado y las asonadas, los fraudes electorales, la violencia de calle y los enfrentamientos armados como formas de lucha política que nunca deben regresar.
Ahora tenemos otros problemas. No son los mismos de antes, pero no por eso son menos agudos.
Los más jóvenes, los que no vivieron el conflicto y su desenlace, reclaman mayores oportunidades y mayor protagonismo en la solución de esos problemas. Y la verdad es que las vicisitudes del pasado no justificaran nunca no actuar de manera eficiente para encontrar soluciones a las dificultades del presente.
Los sorprendentes adelantos científicos y tecnológicos en materia de comunicaciones e informática han puesto a la disposición del ciudadano formas de vigilancia sobre las instituciones y los dirigentes con los que antes ni siquiera se soñaba. Ahora la ciudadanía tiene mucho más poder de reclamo y presión sobre las instituciones y los gobernantes.
Es necesario evitar que haya un desfase entre la institucionalidad surgida hace 20 años con los acuerdos de paz y una ciudadanía cada vez más informada y por lo tanto con más poder para exigir y criticar.
Por ello es de suma importancia que las fuerzas vivas de la nación renovemos el espíritu que nos llevó a firmar la paz con el fin de ponernos de acuerdo en la manera de enfrentar los problemas comunes que nos afectan a todos por igual.
El más difícil y aflictivo sin lugar a dudas es la creciente ola criminal con su terrible secuela de homicidios y extorsiones. La violencia delincuencial, que no tiene color político ha vestido de luto prácticamente a todo el país. En el año que recién finalizó se registraron más de cuatro mil homicidios. Una alarmante cifra que recuerda los peores años del conflicto.
Este es un flagelo que además de desgarrar el tejido social tiene un profundo impacto en la economía y en la moral de la nación.
Valiosos recursos humanos y financieros que bien podrían ser útiles en los campos de la educación y la salud son consumidos en un combate al crimen, que hasta ahora ha resultado desalentador.
Y esto lo decimos con dolor, con preocupación y con un legítimo interés en aportar soluciones.
El desaliento cunde cuando los criminales andan libres e impunes por calles y veredas, mientras que la gente honrada y productiva vive prisionera en sus propias casas y colonias.
Estoy convencido que el principio de la solución al grave problema de inseguridad que hoy vivimos, se encuentra en la construcción de un consenso nacional en torno al fortalecimiento de las instituciones.
De muy poco servirán formar comisiones, rotar funcionarios, por eficientes que sean, e impulsar un plan tras otro si no prestamos atención a las alarmas que se encienden como signos de deterioro institucional.
Así como es de suma importancia la depuración de la Policía y el órgano judicial, para combatir con mayor eficacia la delincuencia común, también es importante la ley de transparencia que garantice el correcto proceder de los funcionarios.
Porque cuando se tolera los ilícitos en los de arriba, toda la sociedad se vuelve víctima. La impunidad es el fango de donde emergen y crecen, como hongos, el crimen organizado, las pandillas criminales y todo tipo de mal hechores.
La única forma de acabar con la impunidad, es fortalecer las instituciones. Y la mejor manera de fortalecer las instituciones es que todas las fuerzas vivas logremos un consenso, un acuerdo nacional y un compromiso ineludible para lograrlo.
La correlación política que surgirá tras la expresión popular de marzo próximo, es un marco ideal y objetivo para que juntos las fuerzas sociales y políticas del país, trabajemos en ese consenso por fortalecer la institucionalidad del país.
Soy un convencido que la fortaleza de las instituciones estimula la cohesión social y el sentido de Nación. Y solo una sociedad cohesionada, en torno a los intereses y valores comunes, es capaz de superar los traumas del pasado y enfrentar con éxito los retos del presente y los desafíos del futuro.
Este acuerdo nacional en pro del fortalecimiento de las instituciones, lo que implica asumir compromisos claros y puntuales, nos permitirá también enfrentar con nación otro importantes temas de capital importancia para el desarrollo del país.
Por encima de las diferencias lógicas que existen en todas las sociedades y que en una democracia se expresan libremente, debemos tener una agenda común para esos grandes temas de nación.
Además del urgente tema de la seguridad pública, me refiero a un sistema de salud eficiente y de un sistema educativo de calidad que fortalezca y enriquezca nuestro capital social. Precisamente contar con un pueblo sano, educado y con instituciones robustas y funcionales, nos dará sentido y rumbo de nación, sin importar que partido político ocupe el poder ejecutivo.
No podemos estar comenzando de cero en estos temas cada vez que se produzca un cambio de gobierno.
Las grandes naciones no surgieron de sangrientos conflictos, sino de los grandes acuerdos y pactos sociales, para solucionarlos y que se expresaron en Constituciones Políticas e Instituciones. Ese es el que camino que los salvadoreños decidimos seguir con los acuerdos de paz.
Veinte años después de aquel histórico evento que puso fin a la más cruenta guerra de América Latina, es un buen momento para hacer un alto y mirar con serenidad el camino que hemos transitado.
Es un buen momento Para evaluar con objetividad lo hecho, sacar conclusiones, fortalecer lo que está bien, corregir lo que está más o menos bien y desechar definitivamente lo que está mal.
Y eso solo lo podemos hacer juntos como en aquel proceso que culminó el 16 de enero de 1992.
Buscar el bien común sin renunciar a los propios principios, creencias e ideales, anteponer los intereses de la Nación a los intereses partidarios, elevarnos por encima de lo que nos separa para aferrarnos como salvadoreños que somos a lo que nos une.
Ese es el mejor homenaje que podemos rendir a los salvadoreños de uno y otro bando que ofrendaron sus vidas por sus ideales, y a tantos salvadoreños civiles que fueron víctimas de la guerra. Ese es el mejor homenaje y la mejor forma de consolidar la paz.
Comentarios
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Atte.
Cesar Mauricio Trujillo Amaya
Estoy de acuerdo con el discurso!!!
Bendiciones!
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